BORGOÑA VITIVINÍCOLA: UN VIAJE AL CORAZÓN DE LOS VIÑEDOS MÁS LEGENDARIOS Y BODEGAS MÁS EMBLEMÁTICAS DEL MUNDO
Crónica de un viaje por la Borgoña recorriendo viñedos históricos, los Grands Crus más prestigiosos y las bodegas más emblemáticas de Côte de Nuits y Côte de Beaune, de Norte a Sur.
Hay lugares que se visitan y otros que se revelan lentamente. Borgoña pertenece a esta segunda categoría. Al amanecer, cuando la bruma se desliza entre los muros de piedra seca y la luz dorada se filtra sobre las laderas orientadas al este, el viñedo parece respirar una historia silenciosa. El paisaje rehúye cualquier gesto grandilocuente: no hay montañas dramáticas ni horizontes vastos. Y, sin embargo, pocas regiones del mundo del vino concentran tanta intensidad en cada parcela como esta estrecha franja de viñedo dibujada con precisión casi milimétrica, entre sus famosos "Clos" amurallados.
Viajar a Borgoña no significa únicamente recorrer una región vitivinícola: supone adentrarse con los sentidos a flor de piel, en la catedral mundial del terroir, aquí llamado "climat".
Desde la Edad
Media, bajo el impulso paciente de las órdenes monásticas —especialmente
cistercienses y cluniacenses— comenzó a perfilarse aquí una intuición que
transformaría para siempre la comprensión del vino. Los monjes observaron que
variaciones aparentemente mínimas de suelo, exposición o microclima podían dar
lugar a vinos profundamente distintos. Así nacieron los “climats”, una noción
única que identifica cada parcela histórica con nombre propio, identidad
geológica y expresión sensorial singular. No es casual que los climats del
viñedo de Borgoña estén inscritos como Patrimonio Mundial por la UNESCO:
representan una de las interpretaciones más precisas de la relación entre el
ser humano y la tierra.
En Borgoña, la grandeza no reside en la marca, sino en la parcela.
La región se articula en torno a una columna vertebral vitícola que ha marcado la historia del vino europeo: la Côte de Nuits al norte, la Côte de Beaune en el corazón de la región y el Mâconnais extendiéndose hacia el sur. La primera es territorio indiscutible de la Pinot Noir, origen de algunos de los tintos más profundos, longevos y sensualmente complejos del mundo. La segunda es una de las patrias más refinadas del chardonnay, capaz de producir blancos de tensión mineral y arquitectura casi escultórica, vinos que evolucionan con una serenidad admirable a lo largo de los años. El Mâconnais, por su parte, queda reservado para una próxima escapada.
Aquí la viticultura alcanza un grado de precisión casi quirúrgico. Parcelas que apenas superan una hectárea pueden estar clasificadas como Grand Cru. Muros centenarios separan diferencias imperceptibles para el visitante ocasional, pero perfectamente legibles en la copa. Las calizas jurásicas, las margas y las arcillas finas se convierten en un lenguaje que el vino traduce con una fidelidad sorprendente.
¿Qué hace única a Borgoña en el mundo?
Su jerarquización parcelaria extrema, la pureza varietal (casi exclusivamente Pinot Noir y Chardonnay), la primacía del terroir sobre el productor, y una tradición milenaria que convive con una modernidad técnica cada vez más precisa.
Durante nuestro reciente viaje por esta región legendaria recorrimos algunos de sus “climats” más emblemáticos, visitamos bodegas históricas y pequeños domaines familiares, catamos añadas memorables y conversamos con viticultores que viven cada vendimia con una mezcla de paciencia, respeto y determinación. Desde la textura sedosa de un Premier Cru de la Côte de Nuits hasta la vibrante tensión mineral de un blanco de la Côte de Beaune, cada copa se convirtió en una auténtica lección de geología líquida.
Y, como ocurre inevitablemente en Francia, el vino encontró su prolongación natural en la mesa. Restaurantes donde la tradición culinaria borgoñesa convive con una cocina contemporánea de gran sensibilidad, maridajes pensados con precisión y cartas de vino que rinden homenaje al patrimonio vitícola de la región.
Esta crónica no
pretende ser únicamente el relato de un viaje a Borgoña. Es, sobre todo, una
invitación a comprender por qué en este rincón aparentemente discreto del este
de Francia el concepto de terroir alcanza una de sus expresiones más depuradas.
La jerarquía borgoñesa: una pirámide basada en la parcela
La clasificación de Borgoña no se estructura en torno al productor, sino al viñedo. Se trata de un sistema jerárquico cuya cúspide corresponde a las parcelas históricamente consideradas más excepcionales.
- Premier Cru (≈10% de la producción):
Parcelas de altísima calidad dentro de un municipio específico. En la etiqueta
aparece el nombre del pueblo seguido del “climat”. Ejemplo: Les
Amoureuses... Suelen ofrecer: gran finura, equilibrio entre potencia y
elegancia, excelente capacidad de evolución.
- Village: Vinos procedentes de viñedos
dentro de un municipio concreto, sin especificar “climat” o clasificado
como Premier o Grand Cru. Ejemplo: Gevrey-Chambertin... Expresan el carácter
general del terroir del pueblo, con tipicidad marcada y excelente relación
entre calidad y precio dentro del contexto borgoñón.
- Regional (Bourgogne AOC): La base de la pirámide. Pueden proceder de cualquier punto autorizado dentro de la región. Ejemplo: Bourgogne (AOC regional). Son vinos más accesibles que, cuando proceden de buenos productores pueden ofrecer sorprendente autenticidad.
Este sistema jerárquico no evalúa la bodega, sino la parcela, una filosofía radicalmente distinta a la de Burdeos: una estructura conceptual basada en la jerarquía parcelaria, la fidelidad varietal y una precisión casi microscópica para revelar la interacción entre suelo, microclima y vid. Comprender sus climats es, en definitiva, comprender cómo la tierra puede expresarse con voz propia en cada copa.
Porque en Borgoña no se bebe vino: se interpreta la tierra.
Borgoña y sus “Climats”: comprender el alma del terroir
Si en otras
regiones el terroir es un concepto, en Borgoña es una cartografía minuciosa.
Comprender los “climats” de Borgoña es comprender la esencia misma del
viñedo borgoñés: su precisión parcelaria, su herencia histórica y su
extraordinaria capacidad para expresar matices casi microscópicos.
¿Qué es un “Climat” en Borgoña?
Un "climat" es una parcela de viñedo perfectamente delimitada, históricamente reconocida y con identidad propia, definida por características específicas de suelo, subsuelo, exposición, altitud y microclima. Cada "climat" posee un nombre, una historia documentada (en muchos casos desde la Edad Media) y una notoriedad asociada a la calidad y estilo de sus vinos.
No se trata de una división administrativa reciente ni de una invención comercial: es una construcción cultural y agrícola de más de mil años. En 2015, los "Climats du Vignoble de Bourgogne" fueron inscritos como Patrimonio Mundial por la UNESCO, reconociendo su valor como modelo único de organización vitícola basado en la relación íntima entre hombre y parcela, viticultor y paisaje.
Diferencia entre "climat",
"lieu-dit" y "appellation"
Conviene
distinguir tres términos fundamentales para comprender la estructura del viñedo
borgoñón:
- Climat: parcela histórica con identidad vitícola reconocida y delimitación oficial dentro de una denominación.
- Lieu-dit: topónimo tradicional que designa un lugar concreto; puede coincidir o no con un Climat oficialmente clasificado.
- Appellation (AOC): denominación de origen regulada jurídicamente que puede incluir uno o varios Climats.
Dentro de una
misma Appellation pueden coexistir decenas de Climats, cada uno con
personalidad propia. Esta precisión parcelaria es la que explica por qué dos
vinos elaborados con la misma variedad (Pinot Noir o Chardonnay) pueden mostrar
perfiles sensoriales radicalmente distintos separados por apenas unos metros.
Principales zonas vitivinícolas de Borgoña
Aunque la imagen icónica de Borgoña suele centrarse en la Côte d’Or, la región es diversa y geológicamente fascinante.
Chablis
- Suelo: Kimmeridgiano (caliza con fósiles marinos).
- Variedad dominante: Chardonnay.
- Estilo: Vinos tensos, verticales, de marcada mineralidad salina.
- Clima: Más frío y septentrional.
- Aquí la Chardonnay alcanza su expresión más austera y cristalina.
Côte de Nuits
- Variedad dominante: Pinot Noir.
- Estilo: Tintos profundos, estructurados y longevos.
- Suelo: Calizas jurásicas con arcillas variables.
- “Climats” legendarios: numerosos Grand Cru concentrados en pocos kilómetros.
- Es el santuario mundial de la Pinot Noir en Borgoña.
Côte de Beaune
- Especialización: Grandes blancos de Chardonnay.
- Estilo: Amplios, complejos, con textura y tensión mineral.
- También produce tintos de enorme finura.
- Aquí se encuentran algunos de los blancos más prestigiosos del mundo.
Côte Chalonnaise
- Zona menos mediática pero cualitativamente sólida.
- Pinot Noir y Chardonnay.
- Excelente relación calidad-precio.
- Suelos calcáreos con mayor influencia continental.
Mâconnais
- Dominio casi absoluto de la Chardonnay.
- Estilo más solar y accesible.
- Laderas onduladas y mayor influencia meridional.
- Vinos generosos, aromáticos y con textura amable.
En el siguiente apartado recorreremos, jornada a jornada, las bodegas visitadas y los vinos catados, allí donde toda esta arquitectura teórica del terroir encontró su expresión más tangible. Porque es en la bodega y, sobre todo, en la copa, donde los climats dejan de ser conceptos cartográficos para convertirse en experiencia sensorial.
Cada visita,
cada conversación con los vignerons y cada vino saboreado, nos permitió
observar cómo esas diferencias de suelo, exposición y microclima que definen
Borgoña, se traducen en texturas, matices aromáticos y equilibrios
estructurales únicos. Es en ese tránsito de la parcela al vino, donde la teoría
borgoñesa revela plenamente su sentido.
Día 1 - La llegada a Beaune: piedra dorada y silencio subterráneo
Llegar a Beaune al caer la tarde tiene algo de rito silencioso. La luz se inclina sobre las fachadas de piedra clara, los tejados esmaltados capturan los últimos reflejos del día y el aire parece contener una memoria que solo el vino sabe conservar. Aquí todo remite al viñedo: los nombres de las calles, las antiguas casas de comercio, esa atmósfera discreta donde la historia del vino borgoñón parece seguir respirando con naturalidad.
Beaune no es únicamente una ciudad hermosa, es el corazón histórico, comercial y cultural de la Côte d'Or, el lugar donde durante siglos se han cruzado viticultores, "negociants" y comerciantes que dieron forma al prestigio internacional de Borgoña.
Para comenzar
nuestro recorrido no podía haber mejor puerta de entrada que las Caves Patriarche,
una de las Maisons más emblemáticas de la ciudad. Descender a sus galerías
subterráneas de kilómetros de historia excavados en la piedra, es empezar a
comprender cómo el comercio, la paciencia del tiempo y la custodia de las
grandes añadas han contribuido a construir la leyenda de sus vinos. Y es
precisamente aquí donde comienza nuestro viaje entre botellas que guardan
décadas de memoria líquida.
CAVES DU PATRIARCHE
Fundada en 1780 por Jean-Baptiste Patriarche, esta histórica Maison ha desempeñado durante más de dos siglos un papel relevante en la crianza y comercialización de vinos de Borgoña. Su singularidad no reside únicamente en su antigüedad, sino en el extraordinario laberinto de galerías subterráneas que se extiende bajo el antiguo convento que hoy ocupa la casa: más de cinco kilómetros de túneles excavados en la piedra donde reposan millones de botellas.
Actualmente integrada en el grupo La Martiniquaise-Bardinet, Caves Patriarche mantiene un modelo de trabajo que combina la selección de vinos procedentes de distintas AOC de Borgoña con la crianza en sus propias cavas y una política de ensamblaje cuidadosamente orientada a preservar la tipicidad de cada origen. Más que imponer una firma autoral, la casa busca que el vino hable desde su procedencia.
Visitar estas cavas supone adentrarse en una dimensión distinta del tiempo. La luz es tenue, la humedad permanece constante y las botellas se alinean en silencio a lo largo de las galerías como si fueran archivos líquidos de la memoria borgoñona. Caminar entre ellas es recorrer, botella a botella, más de dos siglos de historia del vino en Beaune.
Vinos catados – Villages y Premiers Crus en perspectiva
Antes de detenernos en cada referencia concreta conviene situar brevemente el marco en el que se inscriben estos vinos. En Borgoña, los Village representan la expresión más directa del carácter de cada municipio. Son, en cierto modo, la puerta de entrada al estilo del lugar: permiten reconocer su perfil aromático, su tensión natural, la textura de sus taninos o la impronta mineral que define a cada pueblo.
Los Premier Cru, en cambio, proceden de parcelas específicamente clasificadas dentro de ese mismo municipio por la calidad singular de su terroir. En estos viñedos, la interacción entre suelo, exposición y microclima alcanza un grado de precisión mayor, lo que suele traducirse en vinos de mayor profundidad, estructura más definida y una capacidad de evolución claramente superior.
Catar ambos niveles en paralelo ofrece una de las experiencias más reveladoras de Borgoña: observar cómo, dentro de un mismo paisaje y a escasa distancia, la jerarquía del viñedo se manifiesta con nitidez en la copa. Es ahí donde la teoría de los climats comienza verdaderamente a cobrar sentido.
- Rully AOC 2023 (Chardonnay).
- Chassagne-Montrachet AOC 2021 (Chardonnay).
- Meursault AOC 1º Cru “Les Genevrières”
2015 (Chardonnay).
- Crémant de Bourgogne Blanc de Blancs 2022 (Chardonnay).
- Volnay AOC 2021 (Pinot Noir)
- Pommard AOC 2019 (Pinot Noir)
- Nuits-Saint-Georges AOC 1º Cru “Les Charmes” 2019 (Pinot Noir)
Caves Patriarche no aspira a encarnar el modelo del Domaine profundamente parcelario que hoy domina el imaginario borgoñón. Su papel es distinto, y precisamente ahí reside su interés. La Maison funciona como una suerte de observatorio privilegiado desde el que recorrer, en una sola visita, el mosaico de denominaciones que componen Borgoña. A través de su selección de vinos y de su política de crianza, el visitante puede percibir cómo pequeñas variaciones de geografía, suelo y exposición se traducen en perfiles sensoriales claramente diferenciados. Más que imponer un estilo propio, caves Patriarche permite leer la diversidad del territorio.
Esta primera jornada en Beaune actuó, así como una introducción especialmente pedagógica al universo borgoñón. En una misma cata fue posible transitar desde la frescura inmediata y accesible de un Rully hasta la mayor profundidad estructural de un Premier Cru de la Côte de Nuits, pasando por la elegancia matizada de los grandes blancos de la Côte de Beaune. Un recorrido que, más que ofrecer conclusiones, abría preguntas y afinaba la mirada.
Porque
comprender Borgoña exige tiempo, comparación y atención al detalle. Y esa
primera toma de contacto cumplió precisamente la función deseada: establecer
las claves necesarias para que, en las jornadas siguientes, el viaje pudiera
adentrarse con mayor precisión en la Borgoña más íntima, aquella donde cada “climat”
revela su personalidad propia.
Día 2 – Ruta por la Côte de Nuits (de norte a sur)
CHÂTEAU DE MARSANNAY
Iniciar la ruta por la Côte de Nuits desde su extremo norte, en Marsannay, tiene algo de declaración de intenciones. Aquí la Pinot Noir comienza a mostrar su músculo estructural, pero todavía conserva una franqueza rústica que la hace profundamente didáctica.
Nos recibe Emmanuel Lefèbvre, quien inicia su conversación ante un mapa minucioso de los “climat” que conforman el mosaico vitícola de la propiedad. La conversación fluye entre historia, suelos y orientación de parcelas; Borgoña, una vez más, se explica caminando.
Historia y dimensión patrimonial del Château de Marsannay
Las raíces del Château se remontan al año 632, cuando ya aparecen registros de viñas vinculadas a comunidades monásticas en esta zona. Durante siglos fue también enclave de monjes cistercienses, cuya influencia en la viticultura europea resulta difícil de sobreestimar. De hecho, su expansión llegó a articular más de seiscientos conventos en todo el continente.
En Marsannay, esa herencia sigue perceptible en la lógica parcelaria del paisaje. Los cistercienses no solo cultivaron la vid: observaron con paciencia las diferencias de suelo, de pendiente y de exposición, sentando las bases de lo que siglos más tarde se formalizaría como el concepto de climat.
Hoy la propiedad pertenece al inversor Olivier Halley, también propietario del Château de Meursault. Bajo su dirección, el dominio combina una estructura financiera sólida con una estrategia claramente orientada a la valorización de su patrimonio vitícola. El objetivo no es únicamente producir vino, sino profundizar en la identidad de cada parcela.
Datos técnicos del Domaine
Se extiende a lo largo de 40 hectáreas, con una edad media del viñedo cercana a los 34 años, lo que garantiza un equilibrio muy interesante entre vigor y profundidad radicular. La propiedad se fragmenta en 43 parcelas, de las cuales 28 hectáreas se sitúan en plena Côte de Nuits, verdadero corazón estructural de la casa. A esta superficie se suman seis viñedos en régimen de arrendamiento, ampliando el abanico de expresiones parcelarias que el Château puede interpretar.
Nada menos que once de sus parcelas están actualmente pendientes de clasificación como Premier Cru, un dato revelador del potencial cualitativo que encierra el patrimonio vitícola de la finca. Entre ellas destaca su presencia en el prestigioso Clos du Roy, históricamente conocido como Clos du Duc, uno de los enclaves más emblemáticos de Marsannay y símbolo del ascenso cualitativo de la denominación.
En el plano agronómico, emprendieron su conversión a viticultura ecológica en 2019, culminando el proceso con la certificación plena en 2022. Todo ello se sustenta en un equipo estable de 20 profesionales, reforzado cada vendimia con alrededor de 100 vendimiadores, ya que la recolección se realiza íntegramente a mano, preservando la integridad del fruto y la precisión en la selección.
En el viñedo, la filosofía es clara: poda respetuosa y compostaje de sarmientos (no se queman). En bodega, tecnología moderna al servicio de la precisión: crianza en barricas nuevas y de uno o dos vinos durante 8 a 18 meses, seguida de largas crianzas en botella, en función de la añada. No se busca potencia gratuita, sino lectura fiel de cada parcela.
El conjunto transmite una sensación de estructura sólida y visión a largo plazo: un dominio amplio, técnicamente organizado, pero cada vez más orientado hacia la lectura fina de sus climats.
Vinos catados – El universo Marsannay y más allá
Marsannay-la-Côte, situada en el extremo septentrional de la côte de nuits, marca el umbral por el que esta célebre franja vitícola comienza a desplegar su identidad. A diferencia de otras comunas vecinas, la denominación aún no cuenta con ningún grand cru oficialmente reconocido. Sin embargo, basta acercarse a sus viñedos y, sobre todo, a sus vinos, para percibir que su potencial cualitativo resulta incuestionable.
La cata de algunos de sus tintos más representativos lo pone de manifiesto con claridad. En ellos aparece ya el esqueleto estructural que define a la Pinot Noir de la Côte de Nuits, acompañado de una expresión directa del suelo y de una energía que revela la personalidad emergente de este territorio. Marsannay se muestra así como un capítulo particularmente interesante dentro del relato borgoñón: una denominación todavía en evolución, pero cada vez más consciente de la calidad que encierran sus climats.
- Marsannay “En Montre Cul” 2021 (Pinot Noir)
- Marsannay AOC 2021 (Pinot Noir)
- Marsannay Parcellaire 2022 (Pinot Noir)
- Marsannay “Le Boivin” 2022 (Pinot Noir)
- Marsannay “Les Grasses Têtes” 2022 (Pinot Noir)
- Gevrey-Chambertin Vieilles Vignes 2022 (Pinot Noir)
- Vigne de l’Hospital de Dijon - Côte de Beaune 1º Cru “Clos du Roi” cuvée Chevalier Martin 2023 (Pinot Noir)
- Vosne-Romanée “En Orveaux” 1º Cru 2023 (Pinot Noir)
Tras
despedirnos de Marsannay-la-Côte, retomamos la carretera que avanza entre
viñedos perfectamente alineados, siguiendo la estrecha franja que dibuja la
Côte de Nuits. El paisaje continúa dominado por ese mosaico de parcelas que
caracteriza a Borgoña y que, kilómetro a kilómetro, va revelando su
complejidad. En pocos minutos llegamos a Gevrey-Chambertin, un nombre que
resuena con especial fuerza en el imaginario del Pinot Noir y que abre una
nueva etapa en nuestro viaje por la Côte de Nuits.
DOMAINE QUIVY
La llegada al Domaine Quivy en Gevrey-Chambertin introduce de inmediato en una atmósfera distinta. La bodega ocupa una sobria mansión borgoñona construida en 1704, una de esas casas de piedra maciza donde la arquitectura parece pensada para proteger lo esencial: silencio, tiempo y Pinot Noir. Los muros gruesos, los patios interiores y la discreción del conjunto transmiten esa sensación tan borgoñona de continuidad, como si el vino hubiese estado aquí desde siempre.
En Gevrey-Chambertin, cada dirección encierra una historia. Algunas se proyectan con ambición internacional; otras, como esta, conservan una escala más íntima, donde el trabajo del viñedo sigue siendo el verdadero centro de gravedad.
Datos técnicos y filosofía vitícola del Domaine
Nos reciben Mr. Quivy y Johan Chatelu, encargado general y enólogo del Domaine y figura clave en su funcionamiento cotidiano. Junto a Cédric y Ciril forma un equipo de apenas tres personas que gestionan siete hectáreas de viñedo en propiedad, repartidas entre cinco AOC. Desde los primeros minutos de conversación queda claro que aquí no se pretende crecer a cualquier precio. La dimensión reducida no es una limitación: es una elección.
Aunque poseen siete hectáreas, únicamente elaboran el equivalente a la producción de cuatro. El resto de las uvas se venden a otros productores. Esta decisión, más estratégica que económica, revela con claridad la filosofía de la casa: mantener un volumen contenido para preservar la identidad de cada vino.
La viticultura se inscribe en una tradición clásica, sin necesidad de discursos superfluos. Durante la poda, los sarmientos se queman en la propia parcela, una práctica histórica destinada a devolver minerales al suelo y reducir residuos vegetales. Desde una mirada contemporánea puede suscitar debate en términos ecológicos, pero forma parte de una lógica agronómica arraigada en esta región.
Al cruzar la puerta de la bodega aparece un contraste interesante. Las instalaciones son modernas, ajustadas a la escala del Domaine, y están concebidas para trabajar con precisión. Sin embargo, el enfoque enológico permanece deliberadamente tradicional. Las crianzas se realizan en barricas poco tostadas, generalmente con alrededor de cinco usos, durante periodos cercanos a los dieciocho meses según la añada. El objetivo no es que el roble deje su huella, sino que actúe como un marco discreto que permita estabilizar y estructurar el vino.
Tras la barrica, el tiempo continúa su trabajo en botella, donde los vinos terminan de encontrar su equilibrio. No hay búsqueda de exuberancia aromática ni de extracciones contundentes. El estilo del Domaine se mueve en un registro más contenido y reflexivo: vinos sobrios, estructurales, que intentan ofrecer una lectura directa de Gevrey-Chambertin.
Vinos catados – La jerarquía de Gevrey-Chambertin en 2023
Johan nos propone recorrer varios vinos de la añada 2023, todavía en una fase temprana de su evolución. Son muestras que aún buscan su forma definitiva, pero que ya dejan entrever la calidad de la materia prima con la que se ha trabajado ese año.
En copa aparece una fruta nítida, bien madura, sostenida por una estructura que augura un desarrollo interesante en botella. Aunque todavía se percibe cierta juventud en los perfiles aromáticos y en la arquitectura del vino, la base es sólida: equilibrio natural, buena concentración y una sensación de pureza que permite imaginar con claridad el camino que estos vinos recorrerán con el tiempo. En ese estado intermedio entre la promesa y la definición, la añada revela ya un potencial particularmente estimulante para el futuro del Domaine.
- Gevrey-Chambertin Village "Les journeaux" 2023 (Pinot Noir).
- Gevrey-Chambertin Village "Les Evocelles" 2023
(Pinot Noir).
- Gevrey-Chambertin 1º Cru "Les Corbeaux" 2023 (Pinot Noir).
- Charmes-Chambertin Grand Cru 2023 (Pinot Noir).
CHÂTEAU DU CLOS DE VOUGEOT
Nos recibe Pauline Marceaux, atenta y cercana, con esa serenidad profesional que delata a quienes conocen a fondo el lugar que representan. Desde los primeros minutos queda claro que no estamos ante una simple visita a una bodega, sino ante uno de los espacios más cargados de significado dentro de la cultura del vino en Borgoña. El Clos de Vougeot no es únicamente un viñedo histórico, es, en muchos sentidos, una síntesis de la historia vitícola borgoñona.
Breve historia del Château de Vougeot
El origen del
Clos se remonta al año 1110, cuando los monjes cistercienses de la Abbaye de
Cîteaux comenzaron a adquirir parcelas en las laderas de Vougeot. Su propósito
iba mucho más allá del cultivo de la vid. Aquellos monjes, observadores
meticulosos del paisaje, buscaban comprender cómo el suelo, la exposición y el
clima influían en la expresión del vino. Sin saberlo, estaban sentando las
bases de lo que siglos más tarde se conocería como “terroir”.
Durante los siglos XII y XIII consolidaron el viñedo amurallado que aún hoy define el Clos. Las murallas delimitan una superficie única, hoy íntegramente clasificada como Grand Cru, siendo uno de los espacios más emblemáticos del viñedo europeo.
El Château que hoy domina el paisaje fue construido en el año 1551 por Dom Jean Loisier. En su interior se conservan todavía las monumentales prensas de viga utilizadas por los monjes entre los siglos XII y XIV, auténticas piezas de arqueología enológica. Junto a ellas se encuentran las antiguas bodegas destinadas a la crianza y almacenamiento del vino y los salones ceremoniales que hoy acogen recepciones y celebraciones vinculadas al mundo del vino.
Tras la Revolución Francesa, el viñedo fue confiscado como bien nacional y posteriormente fragmentado en múltiples parcelas. Esta redistribución explica que actualmente más de ochenta propietarios elaboren su propio Clos de Vougeot Grand Cru dentro del mismo recinto amurallado.
En 1934 el Château fue adquirido por la Confrérie des Chevaliers du Tastevin, que lo transformó en uno de los centros culturales más influyentes del vino borgoñón. Desde entonces, sus salones acogen los célebres “Chapitres de la Confrérie” y numerosas celebraciones internacionales dedicadas al vino.
Importancia enológica de Clos de Vougeot
El Clos de Vougeot, con sus 50,6 hectáreas íntegramente clasificadas Grand Cru, constituye un caso singular dentro de Borgoña. Se trata de una única denominación que, sin embargo, presenta una marcada diversidad interna. Es al mismo tiempo un vestigio del modelo monástico original y un ejemplo claro de la fragmentación contemporánea de la propiedad.
La heterogeneidad del Clos se explica principalmente por la variación de suelos y por la topografía de la ladera. No todas las parcelas ofrecen la misma expresión.
En la zona alta, situada entre los 255 y los 265 metros de altitud, la pendiente es más pronunciada y favorece un drenaje excelente. Predominan suelos de caliza madre poco profunda mezclados con margas finas y abundante piedra fragmentada. Este contexto genera un estrés hídrico moderado que reduce el tamaño de las bayas y aumenta la concentración fenólica. Los vinos procedentes de esta franja suelen mostrar mayor tensión, precisión aromática y taninos firmes de grano fino, con un potencial de guarda notablemente elevado. En términos cualitativos, es la zona que más se aproxima en elegancia estructural al estilo de Grand Cru de vecinos como Musigny.
La zona media constituye el corazón histórico del Clos. Aquí la pendiente es más moderada y los suelos presentan un equilibrio particularmente armonioso entre arcilla y caliza. La profundidad del suelo permite un buen desarrollo radicular y un drenaje equilibrado. Los vinos de esta franja suelen expresar una síntesis muy lograda entre potencia y elegancia, con taninos amplios pero pulidos y una complejidad aromática consistente añada tras añada. Muchos viticultores consideran esta parte del Clos como la más equilibrada del conjunto.
En la zona baja la pendiente se suaviza y aumenta la proporción de arcilla junto a depósitos aluviales. El drenaje es más lento y el vigor vegetativo tiende a ser mayor. En determinadas añadas, especialmente húmedas, esta condición puede acelerar la maduración y requerir una gestión vitícola muy precisa para mantener el equilibrio del fruto. Los vinos resultantes suelen mostrar mayor volumen inicial y taninos más redondos, con una expresión aromática más abierta en su juventud, aunque su potencial de guarda depende en gran medida del control de rendimientos y del manejo del viñedo.
Perfil organoléptico típico del Clos de Vougeot Grand Cru
A pesar de la diversidad de propietarios, el Clos de Vougeot mantiene un perfil reconocible cuando las uvas proceden de parcelas bien situadas y el trabajo en viñedo y bodega se realiza con rigor.
Visualmente suele presentar un color rubí profundo que evoluciona hacia matices granate con el paso del tiempo, una intensidad cromática notable para tratarse de Pinot Noir, señal de buena concentración y madurez fenólica.
En nariz predominan las frutas negras maduras (cereza picota, mora, ciruela) acompañadas por frambuesa concentrada sobre un fondo de sotobosque y tierra húmeda. Las especias nobles, como clavo y pimienta negra, aportan profundidad, mientras que con los años aparecen matices de trufa, cuero fino y hojarasca seca que enriquecen el bouquet.
En boca se distingue por una entrada amplia y un paso envolvente. El tanino presenta mayor musculatura que en Chambolle-Musigny, pero resulta generalmente más refinado que ciertos perfiles clásicos de Gevrey-Chambertin. El vino muestra una densidad media-alta, buen equilibrio entre volumen y tensión y un final largo sostenido por una persistente impronta calcárea.
Otro rasgo característico es su capacidad para integrar porcentajes elevados de roble nuevo sin perder definición varietal. Cuando procede de parcelas bien situadas y de elaboraciones cuidadosas, el Clos de Vougeot puede evolucionar con solvencia entre quince y veinticinco años. Las mejores viñas de la zona alta, en añadas favorables, pueden prolongar su desarrollo durante más de tres décadas, alcanzando una complejidad terciaria de gran nobleza.
Reflexión técnica de la jornada
La jornada de hoy deja una impresión nítida sobre la dirección que está tomando la Borgoña contemporánea.
En primer lugar, se percibe con claridad la transición casi generalizada hacia modelos de viticultura ecológica y, en numerosos casos, biodinámica. No se trata de una tendencia impulsada por discursos comerciales, sino de una respuesta agronómica cada vez más consciente. El objetivo es preservar la identidad del climat y mejorar la resiliencia del viñedo frente a condiciones climáticas más exigentes, especialmente en lo que respecta a la gestión del estrés hídrico en añadas progresivamente más cálidas.
Al mismo tiempo, se observa una precisión creciente en la interpretación parcelaria. Las micro-vinificaciones ya no son una excepción, sino una práctica extendida. Cada parcela se vinifica como una entidad autónoma, atendiendo a su suelo, a su exposición y a la forma particular en que la vid responde a cada ciclo vegetativo. En ese proceso, el “climat” deja de ser una simple referencia geográfica para convertirse en una verdadera unidad de lectura del paisaje.
En bodega, esta búsqueda de precisión se traduce en un uso más contenido de la madera. Las proporciones de roble nuevo se ajustan con mayor prudencia y los tostados tienden a ser más ligeros, permitiendo que el vino conserve una mayor transparencia aromática. El protagonismo vuelve así al viñedo, mientras la barrica actúa como un elemento de acompañamiento más que de intervención.
Esta evolución responde a una preocupación compartida por muchos productores: mantener el equilibrio y la frescura estructural en un contexto donde el aumento de las temperaturas ha elevado progresivamente los grados alcohólicos de las vendimias recientes.
Si la etapa
inicial en Beaune había ofrecido una visión pedagógica del sistema de
denominaciones borgoñón, la inmersión posterior en la Côte de Nuits permite
avanzar hacia una comprensión más profunda del “climat”. No solo como
una delimitación geográfica, sino como una construcción histórica, geológica y
cultural que sigue definiendo, parcela a parcela, la identidad del vino en
Borgoña.
Día 3 – Ruta
por la Côte de Beaune
CHÂTEAU DE POMMARD
La lluvia marca el compás desde primera hora. En febrero, esta región no dramatiza el cielo: simplemente lo incorpora al paisaje. Una cortina fina y persistente acompaña el camino mientras el viñedo, desnudo en pleno invierno, revela con mayor claridad su naturaleza mineral. Sin hojas que suavicen el relieve, las parcelas parecen dibujadas directamente sobre la geología. Es en este escenario donde comienza la tercera jornada del viaje, que nos conduce a una de las propiedades más reveladoras para comprender la relación entre historia, suelo y decisión humana en la Borgoña contemporánea: Château de Pommard.
Nos recibe Manon Rouhier con una cordialidad luminosa que contrasta con la grisura del exterior. La lluvia desaconseja un paseo prolongado entre las hileras de cepas, de modo que propone descender a las galerías subterráneas del Château.
El cambio de atmósfera es inmediato. Bajo tierra, el espacio adquiere otra temporalidad. Las antiguas bóvedas de piedra, la humedad constante y la temperatura estable crean un entorno donde el tiempo parece adquirir densidad física. Aquí la crianza del vino deja de ser un concepto técnico para convertirse en una experiencia tangible. Cada muro, cada arcada, cada rincón silencioso recuerda que en Borgoña el paso de los años no es un elemento abstracto, sino una herramienta de elaboración.
La visita no se plantea como una exhibición patrimonial, sino como una progresión hacia el núcleo conceptual de la propiedad. Manon lo formula con claridad: el edificio del Château es el contexto, el Clos es el argumento. Incluso en estas galerías subterráneas, la conversación vuelve una y otra vez al viñedo, al suelo, a la coherencia vitícola y a la responsabilidad de interpretar un conjunto histórico sin distorsionarlo.
En este ambiente casi monástico, la reflexión sobre la identidad de Pommard adquiere otra profundidad. Tradicionalmente asociado a vinos de estructura marcada, el Château trabaja hoy para mantener esa arquitectura tánica afinando su precisión. La intención no es suavizar el carácter, sino depurarlo. Aquí la Pinot Noir se estudia como si cada parcela fuera una pregunta abierta sobre los límites expresivos de la variedad.
Breve historia del Château de Pommard
Situado en el corazón de la AOC Pommard, forma parte de las propiedades históricas de la Côte de Beaune. Su Clos amurallado, que se extiende en una única finca a lo largo de más de veinte hectáreas, constituye uno de los mayores “Monopoles” privados de Borgoña. En una región caracterizada por la fragmentación extrema del viñedo, esta unidad parcelaria representa una notable excepción.
La continuidad territorial del Clos permite observar con gran claridad el concepto borgoñón de “climat”: un espacio delimitado donde el suelo, la topografía y la orientación generan una identidad vitícola propia. Aquí el viñedo se convierte en una especie de laboratorio natural donde cada pequeña variación del terreno se traduce en matices perceptibles en el vino.
A lo largo de los siglos, la propiedad ha atravesado distintas etapas, desde su consolidación en el siglo XVIII hasta su orientación actual hacia una viticultura que prioriza la vitalidad del suelo y la interpretación precisa de la Pinot Noir. En los últimos años el Domaine ha evolucionado hacia prácticas orgánicas y biodinámicas, reforzando un enfoque centrado en la sostenibilidad y en la vinificación parcelaria.
En este contexto, la palabra terroir no aparece como una declaración retórica: Se analiza en la textura de las arcillas, en la proporción de piedra caliza activa, en las diferencias de vigor que muestran las cepas a lo largo del Clos. El viñedo se observa con paciencia, como si cada fila ofreciera una pista adicional para comprender la lógica profunda del lugar.
Filosofía vitícola y enfoque técnico
En el Clos principal del Château se trabaja exclusivamente con Pinot Noir. Los suelos combinan arcillas ferruginosas y calizas, una composición que explica en gran medida el carácter estructurado y profundo que históricamente ha distinguido a Pommard dentro de la Côte de Beaune, tradicionalmente más asociada a la Chardonnay.
La viticultura se basa en prácticas orgánicas certificadas y en una intervención mínima orientada a preservar el equilibrio natural del viñedo. Se utilizan cubiertas vegetales, se limitan los rendimientos y se segmentan las vinificaciones según las microparcelas identificadas dentro del propio Clos. Este enfoque refleja una tendencia cada vez más extendida en Borgoña: la búsqueda de precisión parcelaria como vía para comprender con mayor exactitud cada “climat”.
En bodega, la extracción se mantiene deliberadamente contenida. La madera está presente, pero su papel es discreto. El roble nuevo se utiliza con moderación y su función es aportar estabilidad estructural más que protagonismo aromático.
Vínculo con Clos de Vougeot
Hablar del lugar que ocupa Château de Pommard en la cartografía enológica de Borgoña conduce inevitablemente a establecer paralelismos con otros grandes referentes históricos. Entre ellos, Clos de Vougeot ocupa una posición central.
Clos de Vougeot, situado en la Côte de Nuits, representa uno de los grandes Grands cruz del sistema borgoñón y simboliza la culminación de su jerarquía parcelaria. Sin embargo, su estructura de propiedad (fragmentada entre decenas de productores) genera una diversidad de estilos que dependen en gran medida de la interpretación de cada “vigneron”.
Clos de Pommard plantea el escenario inverso: Aquí la unidad parcelaria se mantiene bajo una única dirección técnica. La diversidad interna del viñedo existe igualmente, pero se interpreta desde una misma filosofía vitícola y enológica.
Este contraste convierte a la propiedad en un punto de observación especialmente interesante. Mientras en Clos de Vougeot la diversidad se manifiesta a través de múltiples elaboradores, en Château de Pommard la variabilidad del suelo y de la exposición se estudia bajo una gestión homogénea.
Desde una perspectiva más amplia, ambos ejemplos contribuyen a explicar por qué Borgoña se percibe internacionalmente como una verdadera catedral del detalle. Pero Pommard añade un matiz particular: la posibilidad de comprender un Gran Clos como una unidad coherente, donde las diferencias internas del suelo se revelan dentro de un mismo lenguaje interpretativo.
Vinos catados en Château de Pommard
- AOC Bourgogne – Murgey de Limozin 2023 (Chardonnay).
- AOC Pommard – Cuvée Vivant Micault 2022 (Pinot Noir).
- AOC Pommard – Cuvée 75 Rangs 2022 (Pinot Noir).
- AOC Pommard – Cuvée Nicolas Joseph 2022 (Pinot Noir).
- AOP Pommard – Clos Marey-Monge 2020 (Pinot Noir).
- AOP Pommard – Clos Marey-Monge 2019 (Pinot Noir).
La cata concluye y, al abandonar el Château, la sensación que queda no es únicamente la de haber recorrido una serie de vinos, sino la de haber comprendido mejor el carácter profundo de Pommard. Aquí la Pinot Noir no busca la seducción inmediata. Su discurso es más estructural, más ligado al suelo que a la exuberancia aromática. Cada una de las cuvées degustadas parece explorar un matiz distinto del Clos Marey-Monge, como si el viñedo se descompusiera en múltiples voces que comparten un mismo origen geológico.
En este sentido, Château de Pommard ofrece algo poco habitual en Borgoña: la posibilidad de observar un Gran Clos como una unidad coherente, donde las microparcelas dialogan bajo una misma dirección vitícola. No hay fragmentación de estilos ni interpretaciones divergentes, sino una búsqueda continua de precisión en la lectura del suelo.
Cuando regresamos al exterior, la lluvia sigue cayendo con la misma constancia tranquila con la que comenzó la mañana. Las murallas del Clos parecen aún más compactas bajo el cielo gris, como si custodiaran no solo un viñedo, sino una forma particular de entender el tiempo en Borgoña.
Retomamos la carretera entre hileras desnudas de Pinot
Noir. La jornada continúa y el paisaje de la Côte de Beaune se abre hacia
Meursault, donde nos espera la siguiente visita concertada. Allí, el discurso
del vino tomará un giro inesperado: lejos de los tintos estructurados de
Pommard o de los grandes Chardonnay tranquilos que han dado fama a la zona,
descubriremos una de las interpretaciones más refinadas del método tradicional
en la región. Algunos de los Crémant de Bourgogne más destacados nos aguardan,
listos para revelar su faceta más vibrante y aérea.
Maison François MARTENOT (Meursault)
El tiempo apremia. Tras la intensidad de la visita anterior apenas intercambiamos unas palabras de cortesía cuando, para nuestra sorpresa, aparece personalmente Mikael Fuchs, responsable de enología de la Maison François Martenot. Su trato es inmediato, cordial, y pronto revela una combinación poco frecuente de precisión técnica y naturalidad pedagógica. Especialista tanto en vinos tranquilos como en espumosos, sobre él recae la responsabilidad enológica de los numerosos vinos que esta Maison elabora en sus distintas bodegas repartidas por Borgoña.
Conviene recordar que Maison François Martenot forma parte del influyente grupo Grands Chais de France, uno de los actores más relevantes en la proyección internacional del vino francés. Tras las presentaciones iniciales nos conduce directamente a una amplia sala de catas donde, con la claridad de quien domina su materia, resume la trayectoria de la casa antes de comenzar la degustación.
Antecedentes históricos de la Maison François Martenot
La historia de la Maison se construye a través de una serie de decisiones estratégicas que han ido configurando su identidad dentro del mosaico vitivinícola de Borgoña. El punto de partida se sitúa en 1922, cuando Lucien Gustave Martenot adquiere un dominio de diez hectáreas en Savigny-lès-Beaune. Aquella finca tenía raíces aún más antiguas: su creación se remontaba a 1859, cuando Léonce Bocquet (entonces propietario del Château du Clos Vougeot) impulsó su desarrollo con una visión profundamente vinculada al patrimonio vitícola de la zona.
El verdadero impulso contemporáneo llega en 2015 con la entrada de la Familia Helfrich. Su inversión técnica y su enfoque empresarial fortalecen la ambición cualitativa de la Maison sin diluir su herencia histórica. Tradición y estructura se combinan así en un proyecto que busca consolidarse en el presente con una mirada clara hacia el futuro.
Actualmente gestionan alrededor de 270 hectáreas repartidas entre los cinco grandes territorios vitícolas de Borgoña, con presencia en parcelas clasificadas Premier y Grand Cru, entre ellas Corton-Charlemagne, Chablis Premier Cru Beauroy o Pommard Les Epenots. Su implantación se extiende desde el Chablisien hasta el Mâconnais y el Beaujolais a través de trece propiedades que funcionan como verdaderos nodos territoriales, cada uno con personalidad propia.
Todas sus fincas cuentan con certificación HVE nivel 3 “Haute Valeur Environnementale” (alto valor medioambiental), el grado más alto de la certificación ambiental francesa para explotaciones agrícolas, incluida la vitivinicultura. Este reconocimiento refleja una estrategia donde la biodiversidad, la reducción del impacto ambiental y la observación continua del viñedo forman parte de la práctica cotidiana. Cada ingeniero agrónomo trabaja desde el conocimiento específico de su territorio en Chablis, Côte de Nuits, Côte de Beaune, Côte Chalonnaise o Mâconnais, adaptando las decisiones vitícolas a las particularidades de cada zona. En un mercado premium donde la trazabilidad se ha convertido en criterio de selección, esta coherencia territorial funciona como un factor diferenciador auténtico.
Filosofía de elaboración
La arquitectura técnica del grupo se organiza en torno a ocho centros de vinificación distribuidos estratégicamente por la región. Esta descentralización no responde a una simple cuestión logística, sino a un principio fundamental: la proximidad al viñedo. Vinificar cerca del origen reduce transportes innecesarios y permite interpretar con mayor precisión la identidad de cada “climat”.
La vinificación por gravedad y el intervencionismo mínimo definen el marco de trabajo. El control térmico, el uso medido del bâtonnage en los blancos y crianzas que oscilan entre ocho y dieciséis meses, se emplean como herramientas de afinado más que como artificios enológicos.
Los blancos fermentan en depósitos de acero inoxidable termorregulados o en barrica, según el perfil buscado, priorizando siempre la tensión y la definición aromática. Los tintos, elaborados principalmente en Côte de Nuits y Côte de Beaune, siguen un esquema clásico con crianza en roble dentro del mismo rango temporal, buscando estructura sin caer en la sobrecarga extractiva.
La Maison Martenot mantiene además una participación regular en las subastas de los Hospices de Beaune y de los Hospices de Nuits, y distribuye en exclusiva en Beaujolais los vinos del Domaine des Hospices de Beaujeu. Este vínculo refuerza su integración en el tejido institucional borgoñón.
Su objetivo no es uniformar Borgoña bajo una firma fácilmente reconocible. La ambición es más exigente: que cada climat conserve su acento propio.
Vinos catados en la Maison François Martenot
La cata se desarrolla en el Caveau Moillard, donde Mikael Fuchs tiene la generosidad de descorchar para nosotras ocho Crémant de Bourgogne. Las uvas proceden principalmente de la Côte Chalonnaise, dominada por suelos calcáreos y margosos, de Epineuil , con arcillo-calcáreos kimmeridgienses, y del Beaujolais, donde aparecen granitos y esquistos que aportan otra dimensión mineral.
Todos ellos se elaboran siguiendo el método tradicional y constituyen una excelente oportunidad para explorar una faceta menos conocida del viñedo borgoñón: la diversidad de expresiones que puede alcanzar el Crémant de Bourgogne cuando se interpreta desde la precisión de sus distintos orígenes geológicos.
- CRÉMANT DE BOURGOGNE 2023 (Selección de la
Confrérie des Chevaliers du Tastevin)
- CHARTRON ET TRÉBUCHET Blanc de Blanc Brut 2023
- MOILLARD Pinot Noir - Blanc de Noir Brut
- MOILLARD Exaltation Brut Blanc d’Assemblage
- MOILLARD Blanc de Blanc Brut 2021
- CHARTRON ET TRÉBUCHET Pierre
Bleue Extra
Brut (3 g/L) Crémant de “Alta Costura”.
- MOILLARD Rosé d’Assemblage Brut 2023
- CHARTRON ET TRÉBUCHET Rosé Brut 2022
Nos despedimos de esta cata burbujeante y, cuando ya nos disponíamos a cerrar la libreta y ordenar impresiones, Mikael introduce un giro inesperado: con total naturalidad, y casi en voz baja, nos propone regresar al final de la tarde para recorrer junto a él las instalaciones que la Maison Martenot posee en Meursault y catar, directamente desde barrica, algunas de las joyas que allí se están criando lentamente.
Su invitación es un gesto de apertura de puertas en sentido literal y simbólico: acceder al vino en su fase más íntima, cuando todavía está en construcción es una generosa propuesta que resulta imposible declinar. Acordamos encontrarnos al caer la tarde, con la certeza de que la jornada aún no ha mostrado su capítulo más revelador.
Al caer la tarde, (tras nuestra siguiente visita concertada en Chassagne-Montrachet), regresamos a Meursault con esa mezcla de cansancio feliz y expectación que solo dejan las jornadas intensas de viñedo y bodega.
La luz comienza a diluir los contornos del paisaje y las hileras de cepas se funden lentamente con la penumbra de la Côte de Beaune. En ese momento del día, cuando el silencio se vuelve más presente y el aire parece detenerse entre los muros de piedra, nos reencontramos con Mikael.
La alegría es inmediata, casi cómplice. Lejos del protocolo de las visitas oficiales, el ambiente se vuelve más distendido, como si el día, después de tantas conversaciones técnicas, nos concediera ahora un espacio de calma. Mikael nos invita entonces a entrar en la nave de elaboración, un edificio concebido en varios niveles para permitir que el vino descienda por gravedad, sin necesidad de bombeos ni intervenciones bruscas.
Comenzamos a bajar lentamente planta tras planta. Cada nivel parece alejarnos un poco más del mundo exterior hasta llegar finalmente a la zona más profunda de crianza, una auténtica cripta del vino. Allí todo se vuelve esencial: la penumbra, el perfume tenue de la madera, la temperatura constante y las barricas alineadas en silencio. No hay discursos ni ceremonias, solo tres presencias que en Borgoña bastan para explicar muchas cosas: madera, tiempo y vino.
Una tras otra, va abriendo las barricas con la precisión de quien conoce cada lote por su respiración. Con la pipeta extrae pequeñas muestras que llenan nuestra copa con ese brillo aún inquieto de los vinos en su fase adolescente. Proceden de múltiples “climats”, cada uno con su pulso propio: algunos más tensos y verticales, otros más amplios, con una materia todavía en proceso de afinado. Todos, sin excepción, muestran ya una definición sorprendente.
En esta etapa intermedia, cuando la fruta vibra con energía primaria y la madera apenas empieza a integrarse, el vino se revela sin artificios. Se percibe la estructura desnuda, la arquitectura ácida, la dirección que tomará con el reposo. Es un momento frágil y al mismo tiempo revelador, reservado casi siempre al enólogo y a su equipo. Poder acceder a él constituye un privilegio poco frecuente.
A medida que avanzamos de barrica en barrica, comprendemos que no estamos simplemente catando vinos jóvenes, sino anticipando futuras botellas destinadas a emocionar a quienes, dentro de unos años, tengan la fortuna de acceder a ellas. Junto a Mikael, esta visita privada, casi confidencial, transforma la jornada en algo más que una experiencia profesional: se convierte en un gesto de generosidad auténtica. Un lujo silencioso por el que le estaré siempre agradecida.
Para nuestra sorpresa, durante nuestra visita tardía a este centro de micro-vinificaciones ubicado en Meursault, Mikael nos descubre algo inesperado aquí: la famosa barrica “Pièce des Présidents – Pommard 1º Cru Les Rugiens” adquirida en la subasta de Hospices de Beaune, el 16 de noviembre 2025 por el Sr. Li Zhongliang, cuyo valor final fue de 400.000 € a beneficio de la ONG “Institut Robert-Debré du Cerveau des Enfants”, y que, según establece la normativa vigente de este mundialmente famoso evento, debe permanecer durante al menos 12 meses en la nave de crianza de una bodega homologada, antes de que su comprador pueda disponer del vino que contiene. Impresiona poder admirar esta “joya” en su sagrado lugar de reposo.
ChÂteau de Chassagne-Montrachet – FAMILLE PICARD
Tras un almuerzo ligero en Meursault retomamos la carretera hacia el sur. La lluvia continúa cayendo con esa persistencia discreta que caracteriza a los inviernos de la Côte de Beaune, difuminando el paisaje y suavizando los contornos del viñedo. El destino es uno de los enclaves más sugestivos de la zona: el Château de Chassagne-Montrachet, una propiedad donde historia y viticultura conviven con naturalidad desde hace siglos.
El castillo aparece poco a poco entre las casas del pueblo, conservando aún esa presencia sobria que caracteriza a las antiguas residencias señoriales. Nos recibe Hélène Roux, cuya energía inmediata transforma la llegada en algo cercano y dinámico. Su discurso es preciso, pero nunca distante. Se expresa con claridad técnica sin perder espontaneidad ni sonrisa.
Como la lluvia sigue marcando el ritmo de la jornada, nos propone comenzar la visita descendiendo a las entrañas del edificio. Aceptamos encantadas. Bajamos tras ella varios niveles hasta alcanzar las galerías subterráneas excavadas entre los siglos XI y XIV directamente en la roca calcárea. La temperatura cambia, el aire se vuelve más denso y la piedra parece guardar siglos de historias que Hélène va desgranando con naturalidad.
Antecedentes históricos del Castillo
La historia de Chassagne-Montrachet se remonta a una antigua villa galorromana mencionada en el cartulario de la abadía de Saint-Seine en el año 886, bajo el nombre de Cassaneas (o Cassania). La primera referencia documentada al castillo aparece en el año 1275, cuando Jeanne de Chagny cede en feudo sus derechos sobre la villa y sus dependencias, consolidando una estructura señorial que durante los siglos XIV y XV pasará por distintas manos.
Entre los siglos XVI y XVII el conjunto adopta la forma de una plataforma rectangular rodeada de fosos con agua, flanqueada por torres y protegida por un puente levadizo. Documentos oficiales de la época mencionan trabajos de reparación en murallas, portalones y elementos defensivos como troneras o cañoneras. Tras la Revolución Francesa, en el año 1794, algunas partes consideradas demasiado fortificadas son demolidas.
Hoy el castillo conserva un elegante edificio principal del siglo XVIII
y restos visibles de la antigua fortaleza del siglo XVI. Situado en la parte
baja de la ladera vitícola del pueblo, el conjunto arquitectónico mantiene la
memoria de su evolución entre residencia señorial y estructura defensiva.
La Famille Picard
La historia contemporánea del lugar se entrelaza con la de la Famille Picard. Todo comienza en 1951, cuando Louis Félix Picard funda el dominio con apenas dos hectáreas en Chagny. Décadas después, sus descendientes amplían progresivamente el proyecto: en 1986 adquieren el Château de Davenay y en 1997 el Château de Chassagne-Montrachet, consolidando su presencia en la Côte de Beaune.
A partir de los años 2000 la
familia extiende su actividad más allá de Borgoña, implantándose en Condrieu
con la casa J. Denuzière y posteriormente en Châteauneuf-du-Pape con el Domaine
Saint Patrice. Hoy, bajo la dirección de Francine Picard, el conjunto mantiene
una visión coherente que equilibra arraigo territorial, expansión controlada y
exigencia cualitativa.
En estos subterráneos, la austeridad mineral del lugar contrasta con un detalle inesperado: los aros de las barricas aparecen pintados en distintos colores. No se trata de un gesto decorativo: Cada color identifica una parcela o un tipo de vino. Es una manera visual y directa de recordar que, incluso en un espacio cargado de historia, la organización contemporánea del trabajo sigue evolucionando.
La filosofía de Francine Picard no entiende la tradición como refugio inmóvil, sino como punto de partida. Para ella la excelencia obliga a revisar cada práctica. El cambio climático, lejos de ser un concepto abstracto, se convierte en un factor operativo que influye en decisiones vitícolas cotidianas.
Desde 2007 la reestructuración del viñedo ha sido profunda. El conjunto suma hoy unas 140 hectáreas distribuidas principalmente entre Chassagne-Montrachet, Mercurey, Montagny y Saint-Aubin. Aunque la dimensión podría sugerir una gestión distante, la realidad es la contraria: trabajo parcelario minucioso, equipos especializados y circulación constante del conocimiento entre viticultores y técnicos.
La propiedad se gestiona bajo criterios de viticultura ecológica, mientras unas treinta hectáreas se trabajan ya según prácticas biodinámicas en un proceso que continúa evolucionando.
En bodega, la inversión
tecnológica acompaña esta filosofía. Huevos de hormigón, micro-vinificaciones y
distintos ensayos permiten estudiar cómo cada climat responde a los retos
actuales, buscando siempre ajustar textura, tensión y expresión aromática.
Tras el recorrido subterráneo ascendemos de nuevo hacia las plantas nobles del castillo. El contraste es deliberado. La arquitectura señorial convive con un mobiliario contemporáneo de líneas depuradas elegido personalmente por Francine Picard. Aquí el enoturismo no aparece como un añadido, sino como una extensión natural de la identidad del Château: memoria estructural con mirada contemporánea.
La cata se desarrolla en una sala acogedora, sobria y elegante, donde cada elemento parece dispuesto para favorecer la concentración. Hélène ha seleccionado una serie de vinos que nos permite recorrer distintos climats cultivados por la familia.
Au Pied du Mont Chauve revela precisión y verticalidad. Levert-Barault, una de las fincas históricas de Mercurey, aporta estructura y definición. Finca Voarick, situada entre Mercurey y Givry, se mueve con soltura entre fruta nítida y trazo mineral. Château de Davenay, sobre el pueblo medieval de Buxy, muestra equilibrio y profundidad. Terres Affranchies propone un ensamblaje entre terroirs de la Côte de Beaune y la Côte Chalonnaise que amplía el registro sensorial del conjunto.
Es en ese momento cuando la
visita adquiere una dimensión distinta. No se trata únicamente de catar vinos
de Borgoña, sino de observar cómo una propiedad de escala relevante puede
mantener precisión parcelaria, inversión técnica y coherencia vitícola sin
diluir su identidad. No buscan impresionar. Prefieren convencer desde el detalle.
Y lo consiguen.
Vinos catados en el Domaine Picard – Château de Montrachet
- Premier Cru Clos Saint Jean 2022 (Chardonnay)
- Premier Cru La Maltroie 2022 (Chardonnay)
- Premier Cru Le Charmois 2022 (Chardonnay)
- Concis des Champs 2022 (Pinot Noir)
- Premier Cru Les Frionnes 2020 (Pinot Noir)
El tercer día concluye con una sensación distinta a la de las jornadas anteriores. Si la Côte de Nuits nos había hablado de la arquitectura profunda de la Pinot Noir, la Côte de Beaune despliega una paleta más amplia donde conviven estructura, precisión y una diversidad de estilos que solo se comprende recorriendo sus pueblos uno a uno.
Pommard nos mostró la fuerza mineral de sus arcillas ferruginosas y la capacidad de la Pinot Noir para sostener vinos de gran armazón. Meursault, en cambio, nos abrió una ventana menos conocida de Borgoña a través de la delicadeza vibrante de los Crémant de Bourgogne, recordándonos que el método tradicional también encuentra aquí una expresión refinada cuando se interpreta desde la diversidad geológica de la región. Finalmente, Chassagne-Montrachet nos devolvió al corazón del gran viñedo borgoñón, donde Chardonnay y Pinot Noir dialogan con el suelo calcáreo en una búsqueda constante de equilibrio y precisión.
Lo que emerge con claridad tras esta jornada es la extraordinaria capacidad de Borgoña para multiplicar matices dentro de un espacio geográfico relativamente reducido. Cada pueblo, cada parcela, incluso cada ligera variación de pendiente o textura del suelo introduce una inflexión distinta en el vino.
Al caer la noche, mientras regresamos entre carreteras silenciosas bordeadas de muros de piedra seca, la impresión que queda no es únicamente la de haber catado grandes vinos, sino la de haber recorrido un paisaje donde la historia, la geología y la mano del “vigneron” dialogan con una intensidad difícil de encontrar en otros lugares del mundo del vino.
Día 4 – Ruta por el sur de la Côte de Beaune
DOMAINE DE LA POUSSE D’OR
La mañana del cuarto día nos recibe con un frío húmedo que parece haberse instalado definitivamente sobre la Côte de Beaune. La lluvia, persistente pero tranquila, acompaña el camino hacia Volnay, uno de esos pueblos donde paisaje, piedra y viña parecen haber aprendido a convivir desde hace siglos sin necesidad de explicaciones.
Antecedentes históricos del Domaine
Es aquí donde se encuentra el Domaine
de la Pousse d’Or, una propiedad cuya identidad nace de un detalle poco
común en Borgoña: un “climat” cuyo nombre no se repite en ningún otro lugar. En
una región donde el viñedo se fragmenta en un complejo mosaico de parcelas y
denominaciones, la singularidad del Clos de la Pousse d’Or resulta casi
una excepción, tanto geográfica como lingüística. Rodeado por su muro de piedra
y plantado exclusivamente con Pinot Noir, este viñedo se extiende discretamente
a los pies del pueblo, recordando que en Borgoña cada parcela constituye un
relato completo.
El propio nombre del Clos guarda una pequeña historia que revela hasta qué punto el lenguaje y el vino se entrelazan en esta región. A comienzos del siglo XX, sus propietarios consideraron que el antiguo término Bousse d’Or resultaba difícil de pronunciar. Decidieron entonces sustituir la inicial y adoptar la forma Pousse d’Or (brote de oro) más clara y evocadora. Para sellar simbólicamente ese cambio, instalaron dentro del viñedo una piedra grabada con la inscripción latina Ad vinum aeternam, Clos de la Pousse d’Or, gesto que fijaba la nueva identidad del lugar. Cuando en 1954 se constituyó formalmente el Domaine, aquel nombre del viñedo se convirtió también en el de la propiedad.
Desde entonces, el Clos de la Pousse d’Or ha permanecido como eje central de un patrimonio vitícola que incluye otros “climats” igualmente reconocidos: Clos des 60 Ouvrées, Clos d’Audignac, En Caillerets en Volnay; Les Jarollières en Pommard; o parcelas en Corton, entre otros. Sin embargo, Volnay continúa siendo el corazón emocional y geográfico de la Maison.
Situado a apenas ocho kilómetros al sur de Beaune, entre los pueblos de Pommard y Meursault, Volnay conserva la fisonomía característica de las aldeas borgoñonas tradicionales: calles estrechas, casas de piedra agrupadas en torno a la iglesia y, rodeándolo todo, un anfiteatro de viñas que domina la llanura.
La historia del lugar se remonta muy atrás. Restos arqueológicos hallados en las colinas cercanas sugieren asentamientos celtas atraídos por los manantiales de la zona. Más tarde poblaciones galas y, finalmente, la presencia romana, consolidó definitivamente el cultivo de la vid. Ni siquiera el edicto del emperador Domiciano, en el año 92 d.C., que ordenaba arrancar parte del viñedo galo (para proteger los vinos italianos), logró detener la expansión de la viticultura en Borgoña.
La etapa contemporánea del Domaine está profundamente marcada por la figura de Patrick Landanger, quien adquirió la propiedad a finales del siglo XX tras una exitosa carrera empresarial en el sector médico. Ingeniero de formación y emprendedor por naturaleza, Landanger abordó su llegada al mundo del vino con el mismo rigor técnico que había caracterizado su trayectoria anterior. Entre otros logros, desarrolló un material destinado a sustituir el cemento utilizado en prótesis de cadera, cuya patente acabaría siendo adquirida por Johnson & Johnson, para fortuna de su inventor.
Bajo su impulso se renovaron completamente las instalaciones del Domaine. El nuevo diseño de la bodega se organizó en seis niveles, concebidos para trabajar exclusivamente por gravedad desde la recepción de la uva hasta el embotellado. De este modo se evita el uso de bombas y se preserva la integridad del mosto durante todo el proceso de vinificación.
Su enfoque vitícola evolucionó hacia prácticas respetuosas con el suelo, eliminando herbicidas y productos químicos y prestando una atención particular tanto a los ritmos naturales de la vid, como a los ciclos lunares. El destino quiso que su primera vinificación coincidiera con una de las añadas más celebradas de la historia reciente de Borgoña: 1999, considerada por muchos profesionales una cosecha excepcional en la Côte de Beaune.
La familia Landanger
Tras el fallecimiento de Patrick Landanger, el Domaine pasó a manos de su hijo Benoît Landanger, también ingeniero y heredero del mismo espíritu inquieto que había guiado a su padre. Bajo su dirección, Domaine de la Pousse d’Or ha consolidado su reputación como una de las referencias más refinadas de Volnay, profundizando en una lectura precisa de sus climats y en una interpretación de la Pinot Noir centrada en la elegancia, la pureza aromática y la textura sedosa.
Esta continuidad entre generaciones explica el respeto que hoy despiertan sus vinos, donde la estructura nunca pesa y los aromas parecen surgir con naturalidad del propio suelo.
Nada más llegar comenzamos a descubrir esta historia, maravillosamente recibidas por Stéphanie Savin, cuya simpatía, profesionalidad y conocimiento de la finca nos permite comprender con claridad la identidad y evolución de la propiedad.
El Domaine de la Pousse d’Or se
distingue por la amplitud y calidad de su patrimonio vitícola: siete Grands
Crus y once Premiers Crus (entre ellos tres Monopoles), repartidos
entre la Côte de Beaune y la Côte de Nuits. En total, la propiedad cultiva
alrededor de 17 hectáreas de viñedo distribuidas en algunos de los
municipios más emblemáticos de Borgoña: Gevrey-Chambertin, Morey-Saint-Denis,
Chambolle-Musigny, Flagey-Échezeaux, Aloxe-Corton, Pommard, Volnay,
Puligny-Montrachet y Santenay.
Iniciamos la visita en la parte más alta de la propiedad, donde se sitúa la zona de recepción de la uva. Allí se encuentran las prensas neumáticas, primer eslabón de un sistema de trabajo concebido íntegramente por gravedad.
Desde este punto comenzamos a descender hacia la sala de vinificación, un espacio de limpieza casi clínica (no en vano Patrick Landanger procedía del mundo medical) donde se alinean depósitos termorregulados junto a grandes recipientes y fudres de roble destinados a las distintas micro-vinificaciones parcelarias.
Un nivel más abajo alcanzamos la sala de crianza, cuyas bóvedas se remontan al siglo XVII. Las barricas, dispuestas con rigurosa simetría, presentan un detalle tan curioso como ingenioso: un pequeño cierre de vidrio en forma de “garrafa de cristal”, ideado por el propio Landanger, que permite controlar visualmente el nivel y la evolución del vino sin necesidad de abrir la barrica, evitando al mismo tiempo, la oxigenación brusca que produciría la apertura de un tapón convencional.
Finalmente llegamos a la planta de embotellado y etiquetado, situada en el nivel más bajo de la bodega, con acceso directo a la calle. Es el último eslabón de este recorrido descendente que acompaña al vino desde la llegada de la uva hasta su salida hacia el mercado. Seguimos entonces a Stephanie hasta la sala de catas donde, gracias al célebre (y no menos ingenioso) sistema Coravin Timeless, iniciamos la degustación de varios vinos del Domaine.
Los vinos catados en el Domaine de La Pousse d'Or
- Santenay Premier Cru Clos Tavannes 2023
- Volnay Premier Cru Clos d’Audignac (Monopole)
2023
- Volnay Premier Cru Clos de la Bousse d’Or 2023
- Volnay Premier Cru Clos des 60 Ouvrées (Monopole)
2023
- Pommard Premier Cru Les Jarollières 2023
- Corton Grand Cru Les Bressandes 2023
- Corton Grand Cru Clos du Roi (Charlemagne) 2023
- Chambolle-Musigny Premier Cru Les Groseilles 2023
- Chambolle-Musigny Premier Cru Les Charmes 2023
- Chambolle-Musigny Premier Cru Les Amoureuses 2023
- Charmes-Chambertin Grand Cru 2023
- Morey-Saint Denis - Clos de la Roche Grand Cru
2023
- Puligny - Chevalier-Montrachet Grand Cru 2023
La cata avanza sin prisas, como si cada botella reclamara su propio tiempo de escucha. En la copa, los vinos del Domaine de la Pousse d’Or revelan con una claridad casi pedagógica la lógica íntima de Borgoña: pequeñas diferencias de suelo, ligeras variaciones de exposición, cambios apenas perceptibles en la pendiente del terreno que, sin embargo, transforman profundamente la expresión de la Pinot Noir.
Algunos muestran la delicadeza aérea que ha hecho célebre a Volnay; otros despliegan una estructura más firme, donde la fruta madura se sostiene sobre una trama de taninos finos y precisos. Pero en todos aparece un mismo hilo conductor: una sensación de equilibrio natural que parece nacer directamente del viñedo, sin artificio ni gesto innecesario.
Mientras Stéphanie Savin, nuestra anfitriona, comenta cada vino con la serenidad de quien conoce bien cada parcela, resulta inevitable pensar que esa precisión no es fruto de una técnica aislada, sino de una suma de decisiones tomadas a lo largo del tiempo: la observación paciente del suelo, el respeto por los ritmos de la viña y una vinificación diseñada para intervenir lo mínimo posible en lo esencial.
Abandonamos finalmente el Domaine de la Pousse d’Or con la sensación de haber presenciado una lección silenciosa de lo que Borgoña puede ofrecer cuando viñedo, historia y decisión humana avanzan en la misma dirección. En Volnay todo parece recordarlo: la elegancia no se explica, simplemente se sirve en la copa y se percibe con los sentidos.
Al salir, la lluvia que había acompañado buena parte de la jornada comienza por fin a retirarse. Entre las nubes aparece un sol tímido que ilumina suavemente las laderas desnudas del viñedo, como si el paisaje respirara después de la persistente humedad de estos días.
Retomamos entonces la carretera.
El trayecto hacia Nantoux nos aleja por un momento de las rutas más transitadas
de la Côte de Beaune. La carretera serpentea entre pequeñas colinas, muros de
piedra y parcelas dispersas hasta alcanzar este diminuto municipio, casi
escondido en el relieve.
DOMAINE CHARLES PÈRE & FILLES
Aquí el tiempo y el vino parecen avanzar a otro ritmo, más silencioso y cercano a la escala doméstica del vigneron que trabaja sus propias cepas lejos del flujo constante de visitantes que recorren los grandes nombres de la región.
Nantoux se revela como uno de esos lugares discretos donde Borgoña continúa escribiendo su historia cotidiana con la misma fidelidad al terroir, y es precisamente en este paisaje recogido donde se encuentra el Domaine Charles Père & Filles, una propiedad familiar cuya trayectoria reciente comienza a tomar forma en los años sesenta, cuando la familia decide iniciar la comercialización de vino embotellado y ampliar progresivamente su patrimonio de viñedo.
Con la llegada de Pascal Charles en la década de 1980 se abre una nueva etapa de crecimiento, marcada por la plantación de nuevas parcelas y la recuperación de viñas ya existentes.
Hoy el proyecto se sostiene sobre una colaboración generacional poco frecuente incluso en Borgoña. Pascal continúa trabajando codo con codo con sus hijas, Marie y Pauline. Es esta última, la mayor, quien dirige junto a él las catorce hectáreas del domaine. La filosofía se mantiene deliberadamente sobria: rendimientos controlados, cultivo en transición ecológica y laboreo regular del suelo desde hace más de veinticinco años forman parte de una viticultura que busca interpretar el viñedo sin artificios ni discursos innecesarios.
En bodega, la lógica es igual de directa. La vendimia se realiza íntegramente a mano; las uvas pasan por una mesa de selección antes de ser despalilladas y comenzar fermentaciones que suelen prolongarse entre diez y quince días. El "pigeage" (bazuqueo) manual acompaña la extracción con gran delicadeza, antes de que el vino pase por la prensa.
Pascal y Pauline conceden una atención particular a la crianza en barricas de roble francés, entendida aquí no como un elemento dominante, sino como un espacio donde el vino termina de ordenar su carácter. Los tintos permanecen sobre sus lías hasta el momento del embotellado y posteriormente se someten a una filtración ligera destinada a preservar la precisión aromática. Paralelamente han comenzado a explorar nuevas vías de afinado, desde el uso de ánforas hasta curiosos recipientes de madera con forma de menhir cuya geometría parece influir sutilmente en la evolución del vino.
Nuestra visita a Nantoux, sin embargo, adopta un tono distinto al de las anteriores. En lugar de comenzar entre depósitos y barricas, tomamos asiento en la table de Pauline, el pequeño restaurante familiar donde el vino y la cocina conviven con absoluta naturalidad.
El local es discreto y acogedor, impregnado de esa calma propia de los pueblos diminutos donde apenas hay comercios (ni siquiera una panadería) y donde los vecinos se conocen desde siempre. Nos recibe Marie Charles, encargada de acompañarnos durante la comida mientras sirve los vinos elaborados por su hermana junto a su padre, y los platos cocinados por la compañera de este.
La mesa se abre con unas “gougères” recién horneadas, ligeras y fragantes, junto a los primeros blancos. Después llega una crema de zanahorias especiadas con queso fresco y huevas de lumpo. A continuación, aparece el “jambon persillé”, preparado con la sobriedad segura de los platos profundamente arraigados en la cocina regional. Le siguen los clásicos “escargots”, de carácter intenso, antes de que las carrilleras de ternera “a la bourguignone” introduzcan el momento más profundo del menú. Los tintos acompañan el recorrido con naturalidad. No buscan imponerse por volumen ni por exuberancia; prefieren moverse en un registro más contenido, donde fruta, frescura y textura se integran con la comida sin eclipsarla. El final llega con dos quesos emblemáticos de Borgoña, Brillat-Savarin y Époisses, seguidos de una tartaleta tibia de manzana que concluye la comida con una sencillez plenamente satisfactoria.
Los vinos catados en Domaine Charles Père & Fille
La comida se convierte también en una cata pausada de los vinos del Domaine, servidos con naturalidad acompañando a los distintos platos. La selección permite recorrer buena parte de la gama elaborada por Pascal y Pauline Charles, donde se percibe una voluntad clara de preservar la expresión del viñedo por encima de cualquier artificio.
- Bourgogne Aligoté 2023 (Aligoté)
- Bourgogne Chardonnay 2023 (Chardonnay)
- Hautes-Côtes de Beaune Les Vignes de Deffend 2023 (Chardonnay)
- Pommard 2023
- Hautes Côtes de Beaune Cuvée du Menhir 2023 (Pinot Noir)
- Volnay 1er Cru Les Fremiets 2023 (Pinot Noir)
- Volnay Clos de la Cave 2023 (Pinot Noir)
Cuando dejamos atrás Nantoux, la tarde avanza con una calma casi contemplativa sobre las colinas de la Côte de Beaune. Tras la intimidad de la mesa compartida con la familia Charles, el viaje recupera su ritmo de ruta, y el paisaje vuelve poco a poco a ocupar todo el horizonte.
La carretera vuelve a desplegar su secuencia familiar de viñas desnudas, muros de piedra y pequeños caminos que se disuelven entre las parcelas. De vez en cuando, al salir de una curva, aparece algún pequeño grupo de podadores inclinados sobre las cepas, concentrados en su labor invernal. Cerca de ellos, el humo tenue de los sarmientos recién cortados se eleva lentamente mientras arden en pequeños montones, dibujando en el aire frío esas columnas efímeras que forman parte del paisaje vitícola en esta época del año.
Pero esta etapa del recorrido tiene un significado particular. Al tratarse de nuestra última jornada en Borgoña, hemos querido reservar para el final una visita distinta a todas las anteriores, un lugar donde el vino deja de ser únicamente viñedo o bodega para convertirse también en memoria colectiva. Nos dirigimos hacia Beaune, hacia uno de los símbolos más singulares de la cultura vitivinícola europea: el Hôtel-Dieu.
HÔTEL-DIEU DE BEAUNE
A medida que nos adentramos en Beaune, el Hôtel-Dieu comienza a distinguirse entre las cubiertas del casco histórico. Sus característicos tejados de tejas vidriadas trazan desde la distancia una silueta inconfundible, señalando uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, donde la historia social de Borgoña y la cultura del vino han terminado por cruzarse de una manera singular dentro del paisaje europeo.
El origen del edificio se remonta a 1443, en los años inmediatamente posteriores al final de la guerra de los cien años. Borgoña, entonces un poderoso ducado, atravesaba una etapa marcada por epidemias, pobreza y una profunda inestabilidad económica. Fue en ese contexto cuando Nicolas Rolin, canciller del duque Philippe le Bon, y su esposa Guigone de Salins decidieron fundar en Beaune un hospital destinado a acoger a los enfermos y a los más desfavorecidos.
La institución recibió el nombre
de Hôtel-Dieu, una denominación medieval que aludía a los hospitales
gestionados bajo principios de caridad cristiana. Desde su apertura en 1452, el
lugar funcionó como hospital para los habitantes de Beaune y de la región
circundante, atendido durante siglos por comunidades religiosas que combinaron
la asistencia médica con el cuidado cotidiano de los pacientes.
La arquitectura del edificio refleja con claridad esa doble vocación espiritual y práctica. El gran salón de los pobres, una larga nave de madera cubierta por una imponente estructura de vigas, permitía albergar a decenas de enfermos. Cada cama se situaba frente a un altar para que los pacientes pudieran seguir la misa desde su propio lecho, recordando que en aquella época la curación del cuerpo y la salvación del alma se concebían como parte de una misma tarea.
Con el paso del tiempo, la institución comenzó a recibir donaciones de tierras y viñedos por parte de familias nobles, burgueses locales y benefactores anónimos. Muchas de esas donaciones respondían a una lógica espiritual muy propia de la Edad Media: entregar viñas al hospital garantizaba que las rentas del vino ayudasen a sostener a los enfermos y, al mismo tiempo, aseguraba la memoria del donante dentro de la comunidad.
Sin buscarlo deliberadamente, el hospital fue acumulando a lo largo de los siglos un patrimonio vitícola considerable. Esas parcelas, repartidas por distintas denominaciones de Borgoña, constituyen hoy el viñedo de los Hospices de Beaune, uno de los conjuntos vitícolas más singulares del mundo. Actualmente reúne alrededor de sesenta hectáreas de viñedo, situadas principalmente en la Côte de Beaune y la Côte de Nuits, que cubre 50 hectáreas de Pinot Noir y 10 de Chardonnay, con una proporción significativa de Premiers Crus y Grands Crus. La explotación vitícola se gestiona como un auténtico Domaine borgoñón, aunque su finalidad sigue siendo esencialmente la misma que en el siglo XV: generar recursos destinados a sostener la actividad hospitalaria y social de la institución.
De ese vínculo histórico entre vino y hospital nace uno de los acontecimientos más observados del calendario vinícola internacional: la subasta anual de los Hospices de Beaune, celebrada cada tercer domingo de noviembre. Lejos de tratarse de una simple venta de barricas, la subasta funciona como un verdadero barómetro del mercado de Borgoña. Cada año se ofrecen los vinos de la última vendimia en forma de “piezas” (barricas) de 228 litros, elaboradas a partir de las parcelas pertenecientes al dominio. Negociants, coleccionistas, importadores y grandes “Maisons” de comercio participan en la puja, conscientes de que el resultado de esta venta suele anticipar el tono económico de la región para el futuro.
La subasta queda en manos de Sotheby’s, que actúa como comisaria del evento y asume la organización completa del acto en directo, guiando cada puja, adjudicando cada pieza y sosteniendo la arquitectura técnica que permite que todo avance con precisión, aportando al conjunto una proyección internacional que refuerza la dimensión pública del Hospices.
La singularidad del sistema
reside en que los vinos se venden en barrica, cuando su crianza apenas
comienza. Quienes las adquieren deben confiar posteriormente el afinamiento
final durante un mínimo de doce meses a distintas Maisons especializadas, lo
que introduce una dimensión adicional de interpretación en cada cuvée. Cabe
recordar la “pieza” que hemos citado anteriormente y que reposa en la nave de
crianza subterránea de la Maison François Martenot.
Con el tiempo, esta subasta ha adquirido una dimensión que supera el ámbito estrictamente vitivinícola. Durante todo el fin de semana Beaune se transforma en un punto de encuentro para profesionales del vino, periodistas, sumilleres y aficionados llegados de todo el mundo. Las calles del centro histórico se llenan de degustaciones, encuentros técnicos y celebraciones paralelas que convierten la ciudad en una especie de capital efímera del vino borgoñón.
Pero más allá del prestigio y de la atención mediática que genera, la subasta conserva su propósito original. Los beneficios obtenidos se destinan a financiar proyectos hospitalarios y obras sociales vinculadas a la institución, prolongando así una cadena de solidaridad que comenzó hace casi seis siglos.
Hablemos de los vinos y viñedos de Hospices de Beaune
Hospices de Beaune no es un viñedo, ni un conjunto de parcelas, ni un legado estático. Es un territorio que se despliega como una narración que avanza sin prisa, pero sin permitir que el lector mire hacia otro lado. Empieza en Beaune, donde más de quince Premier Cru se suceden como capítulos que no se parecen entre sí, aunque todos comparten una misma intención: demostrar que la identidad de un vino puede construirse a partir de matices que otros pasarían por alto.
En la Côte de Beaune, sus Grands y Premiers Cru como Les Grèves, Les Bressandes, Les Teurons, Les Cent Vignes, Les Avaux, Les Montrevenots, Les Champs Pimont, Les Marconnets, Les Fèves, Les Perrières, Les Aigrots, Les Sizies, Les Tuvilains, Les Montbatois y Les Longbois forman un paisaje que no necesita artificios. Incluso las parcelas clasificadas como Beaune village parecen conscientes de que participan en una historia mayor.
El relato continúa hacia Pommard, donde el terreno cambia de tono y obliga a ajustar la mirada. Las viñas de Les Noizons, Les Petits Noizons, La Chanière y La Croix Planet no buscan suavizar su carácter, cada una aporta una capa distinta de profundidad, como si el suelo quisiera recordar que la intensidad también puede ser precisa. No es un lugar que se lea de forma superficial; exige atención y la recompensa.
Volnay introduce un giro inesperado. Los Hospices solo poseen viñas en un “climat”, Les Santenots, pero la brevedad no implica menor relevancia. La ladera que mira hacia Meursault ofrece una delicadeza que no necesita explicación. Es un punto donde el relato se vuelve más íntimo, más silencioso, pero no menos contundente.
La Montagne de Corton irrumpe después con una presencia que no admite comparaciones. Clos du Roi, Les Renardes y Les Bressandes son tres Grand Cru como vértices de un triángulo que sostiene parte de la notoriedad histórica del dominio. Cada uno impone respeto a su manera: uno con autoridad tranquila, otro con energía tensa, otro con una elegancia que no se esfuerza por serlo. Es un fragmento del relato que no se olvida.
Meursault aporta un cambio de registro sin romper la coherencia. Les Charmes y Les Genevrières, ambos Premier Cru, muestran dos formas distintas de entender el Chardonnay. Uno ofrece amplitud y textura, el otro precisión y profundidad. No compiten entre sí; se complementan como dos voces que enriquecen el mismo discurso.
Savigny‑lès‑Beaune amplía el paisaje con una paleta aromática distinta. Les Vergelesses, Les Guettes, Les Serpentières, Les Hauts Jarrons y Les Peuillets, junto con algunas parcelas Village, construyen un capítulo donde la frescura y la insinuación ganan protagonismo. Es una zona que no busca imponerse, pero termina haciéndolo.
Monthélie aparece como un susurro que obliga a acercarse. Les Champs Fulliots, el Premier Cru donde los Hospices poseen viñas, ofrece una sutileza que no necesita levantar la voz. También en este municipio, as parcelas Village completan un conjunto que demuestra que la discreción también puede ser memorable.
Fuera de la Côte de Beaune, el relato se abre hacia territorios que podrían parecer ajenos, pero que encajan con naturalidad. En el Mâconnais, las viñas de Pouilly‑Fuissé aportan un tipo de Chardonnay más luminoso, casi solar, que amplía el registro del dominio sin romper su coherencia. En el Chablisien, una parcela histórica de Chablis Premier Cru rica en fósiles marinos introduce una tensión mineral que actúa como contrapunto perfecto. Es un recordatorio de que la identidad del Hospices no depende de una sola geografía.
Cuando se reúnen todas estas piezas, el Domaine des Hospices de Beaune deja de ser un patrimonio para convertirse en un relato que avanza a través de nueve denominaciones sin perder el hilo. No es una colección de viñas, sino una forma de entender el tiempo, la tierra y la continuidad. Cada climat, cada ladera y cada donación forman un conjunto que invita a seguir leyendo, no para encontrar una conclusión, sino para descubrir qué más puede revelar un dominio que nunca ha necesitado exagerar para ser inolvidable.
Todo este patrimonio es gestionado por una mujer. Ludivine Griveau: desde 2015, es la figura que sostiene el pulso técnico del Domaine des Hospices de Beaune, desde sus viñedos hasta la exportación a innumerables países del Mundo, donde sus vinos siguen siendo objeto de culto.
Su presencia marca un punto de inflexión en una institución que durante más de cuatro siglos no ha visto a una mujer al frente de su viñedo y de su bodega. No ocupa el cargo como quien hereda una tradición, sino como quien entiende que la tradición solo respira cuando alguien la interpreta con lucidez. Cada decisión que afecta a las sesenta hectáreas del dominio, cada gesto en la bodega y cada cuvée que aparece en la Vente des Vins pasa por su criterio. No actúa como una gestora que supervisa desde la distancia, sino como una presencia constante que escucha la viña, observa la madurez, ajusta la extracción y define el estilo contemporáneo de los vinos del Hospices.
Bajo su dirección, el dominio deja de ser un conjunto de parcelas históricas para convertirse en una voz coherente, precisa y plenamente consciente de su tiempo. No necesita subrayarlo: basta con seguir la evolución de cada añada para entender que su mano da al Hospices una claridad que antes no existía.
Mientras abandonamos el recinto
y volvemos a sentir el aire frío de la tarde borgoñona, la impresión que deja
el Hôtel-Dieu permanece flotando en el ánimo con una serenidad difícil de
describir. Después de tantos viñedos, de tantos nombres míticos grabados en las
piedras de los “climats”, uno comprende que Borgoña no se explica únicamente
por la perfección de sus vinos, sino por la profundidad de la cultura que los
ha hecho posibles.
EPÍLOGO: Hasta muy pronto Borgoña… regresaré al eco de un gran viaje entre viñas y vinos.
A lo largo de estos días hemos caminado por laderas donde cada parcela cuenta una historia secular, hemos descorchado botellas que condensan siglos de conocimiento paciente y hemos conversado con viticultores que hablan de la tierra con la misma naturalidad con la que otros hablan de su familia. Borgoña es, en esencia, una geografía del tiempo: cada viña es memoria, cada copa es una forma de transmitirla.
Pero si algo termina por dar sentido a este viaje no son solo los grandes nombres (Romanée, Montrachet, Chambertin o Musigny), ni la emoción irrepetible de catar vinos nacidos de suelos casi legendarios. Lo verdaderamente valioso ha sido compartir cada paso de este recorrido con una mirada joven, curiosa y extraordinariamente sensible al vino.
Recorrer Borgoña junto a mi hija, la Gran Sumiller y propietaria del Restaurante CARVóN ubicado en Moraira (Alicante), Sandra Rausell Martín, ha añadido a cada visita una dimensión difícil de reproducir en cualquier otra circunstancia. En cada bodega, en cada conversación con los “vignerons”, en cada copa analizada con atención, aparecía ese diálogo silencioso entre generaciones que constituye una de las mayores riquezas del mundo del vino: la transmisión del conocimiento, pero también de la pasión por ese elixir líquido sin el que no se entiende la gastronomía.
Quizá por eso, al despedirnos de Beaune, queda la sensación de que este viaje no termina realmente aquí. Borgoña tiene esa cualidad: nunca se agota en una sola visita. Sus paisajes, sus vinos y sus historias continúan trabajando en la memoria mucho tiempo después de abandonar sus caminos.
Y mientras el coche se aleja lentamente entre viñedos aún dormidos bajo el cielo de la Côte d’Or, comprendo que, como los grandes vinos de esta tierra, algunos viajes también están hechos para seguir evolucionando con el paso del tiempo. Sobre todo cuando han sido vividos en la mejor de las compañías.
Me marcho con la certeza de que
tendré que regresar pronto. Borgoña guarda todavía innumerables matices,
historias y botellas que merecen ser descubiertas con calma. Y sé que una parte
esencial de esa experiencia será poder compartir todo lo aprendido y vivido con
mis queridos Sumilleres Trotamundos, con quienes espero reencontrarme muy
pronto para seguir viajando copa en mano, sentidos atentos y la pluma
siempre dispuesta, por los grandes territorios del vino.
Borgoña tiene esa rara virtud de recordarnos que el vino no es solo una bebida, sino la expresión viva de un lugar, de una historia y de quienes la trabajan generación tras generación. Quizá por eso, cuando uno se aleja de sus viñedos, tiene la sensación de que el viaje no termina realmente… simplemente queda en pausa hasta la próxima copa.
Autora: María Luisa Martin Tejera
Valencia - 2026
Gracias por dejarme tus comentarios.

































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